¿La Navidad en crisis?

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Es inevitable sentir en el ambiente, en medio de bromas, mucha ironía y resignación una especie de alergia generalizada a estas fiestas. Se están acuñando expresiones que recogen esta sensación, como por ejemplo, “¿cómo has pasado la Navidad?  ¿Bien o en familia?”, “no me gustan nada estas fiestas”, “son las fiestas que menos me gustan”…

Las navidades son las fiestas de la ternura, la inocencia y la esperanza. Es una época donde tradicionalmente se sueña con los niños,-as que todo es posible y que la ternura puede transformar el mundo.

Pero en nuestro mundo (Europa) cada vez hay menos ternura, esperanza e inocencia. Estamos acostumbrados a comprarlo todo, a que todo tiene un precio. Vivimos la esperanza como ingenuamente irreal. Hay una especie de sentir colectivo sobre la inutilidad de la ternura, la esperanza o la inocencia. El motor del mundo es el consumo y no la ternura, la esperanza o la inocencia.

Sin embargo, la ternura, la esperanza y la inocencia son los valores que nos trae la Navidad. ¿Y quiénes encarnan estos valores? Los niños,-as. Podríamos expresar así esta idea, los adultos tendemos a considerar absurda la inocencia y los niños la viven de manera natural. A más mayores en casa menos inocencia, a más niños,-as más inocencia.

Pero en las casas europeas cada vez hay menos niños,-as que recuperen y hagan a los adultos recuperar estos valores. Así la sensación colectiva es de distanciamiento y enfriamiento de los mismos. La vivencia de la navidad como unas fiestas pueriles, alejadas de la realidad, inútiles e irrelevantes es inevitable en este ambiente.

Además, a esta situación se le añade la familia. La Navidad se vive en familia pero es ésta una institución claramente en crisis en Europa.

Por último además, resulta que la Navidad es una fiesta netamente cristiana. El 25 de diciembre se celebra la venida de Jesús de Nazaret, del Hijo de Dios al mundo (Enmanuel). Mucha gente entiende que no tiene mucho sentido mantener una fiesta que viene de una religión que no viven ni quieren vivir.

Todo esto hace que la Navidad esté en crisis. Como concepto y como experiencia.

La crisis de la Navidad no es sólo la crisis de una fiesta cristiana, sino la crisis de toda la una cultura que ha olvidado cuáles son los hilos que tejen una realidad más humana, entrañable, solidaria, comprometida.

Necesitamos una revolución que transmute los actuales valores de la cultura dominante, necesitamos una revolución de la ternura. Donde al otro no se le vea como a un enemigo sino como a un ser humano, donde el refugiado no sea una amenaza sino una persona que necesita ayuda, donde comprar no sea la actividad fundamental, donde la mirada sobre los demás esté llena de empatía, donde se recupere la idea y vivencia de que por encima de todas las leyes y las normas del mundo están las personas.

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